Combinar una serif editorial con una sans moderna puede separar narrativa y navegación con elegancia. Busca contraste por forma, ancho, peso o construcción, evitando la redundancia. Prueba cómo se comportan juntas en bloques mixtos; si cada familia cumple un rol claro, la jerarquía emerge sin gritos y la atención se sostiene mejor.
Una escala modular evita improvisaciones. Define relaciones de tamaño que permitan saltos previsibles entre título, subtítulo, cuerpo y notas. Así, cuando aparezca un nuevo componente, sabrás exactamente dónde encaja. Al basarte en proporciones estables, lograrás coherencia entre páginas, versiones y dispositivos sin perder personalidad ni fuerza expresiva.
Ajusta interletraje, espaciado de párrafos, guiones y viudas para que cada bloque sea amable. Pequeños cambios en interlineado o ancho de columna transforman la experiencia. Prueba con lectores distintos, mide tiempos y detecta tropiezos. La legibilidad no se proclama; se demuestra cuando la gente llega al final sin esfuerzo.
Antes de abrir el software, acuerda qué debe lograr la pieza: a quién habla, qué prioriza y cómo sabrás si funcionó. Define métricas simples, como lectura completa o clic principal. Este acuerdo reduce retrabajos, orienta la jerarquía y te da argumentos sólidos para defender decisiones complejas.
Dibuja en papel o con bloques grises. La baja fidelidad evita discusiones estéticas tempranas y centra la conversación en estructura y prioridades. Cambiar casillas es barato; mover banners finales, carísimo. Repite hasta que el flujo respire, la jerarquía se entienda y los objetivos estén alineados con las rutas de lectura.
Prototipa, comparte y escucha. Pide a alguien que complete una tarea mientras narras en silencio su recorrido. Si se pierde, ajusta. Documenta versiones y razones de cambios. La mejora continua no es capricho; es un método que te convierte en profesional capaz de justificar cada elección con datos.